
El águila observaba desde el cielo el paisaje otoñal. El río pronto se helaría, y los peces, melancólicos, marchaban a aguas más cálidas. Aparté la vista del cielo, me quité los zapatos y fui caminando hacia el río. Cuando el camino se bifurca y no podemos mirar más allá es difícil tomar una decisión.
Siempre nos dicen que no hay que volverse hacia atrás, pero yo siempre digo que lo único que debemos hacer es procurar caminar siempre hacia delante. Da igual hacia donde, da igual si es a algún lugar donde ya hayamos estado. A veces, para saber lo que somos, necesitamos recordar lo que hemos sido.
Cerré los ojos y el azul y el marrón se transformaron en negro. Una extraña sensación se apoderó de mí, todo mi cuerpo temblaba. El temor de no saber hacia dónde estaba dirigiendo mis pasos me hacía más vulnerable. Pero poco a poco fui ganando confianza. Empecé entonces a escuchar con mayor claridad, y entre la orquesta del río resonaba furioso mi corazón, latido tras latido, luchando por salir hacia fuera. Sentí al viento azotar mi cuerpo y danzar con mis cabellos, a las hojas de los arboles meterse entre mis dedos, a la tierra y al agua penetrar en mi. El negro se volvió blanco y entonces, y comprendí que solo entonces, no pude verlo, pero mucho más que eso, pude sentirlo.