Author: Marta Álvarez Martín
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En medio de la plaza yace erguido, altivo, observando los juegos de los niños, tan majestuoso e inmortal. El 18 de octubre cumplirá condena y morirá degollado. Ha sido declarado culpable por vivir rodeado de cemento. Culpable por respirar los humos de los coches. Culpable por ser aquella fuente de imaginación infinita: a veces nave espacial intergaláctica y a veces barco, a veces puente en mitad de un caudaloso río y a veces borrascosa montaña. Pero él jamás sonrío su suerte y jamás lloró sus penas, como si escondiera algún tipo de sabiduría oculta a los ojos de los hombres. Por eso era venerado. Hasta que la sabiduría le dio la espalda, y hasta que el hombre mismo, que un día estuvo enamorado de su figura, dejó de ser sabio, asustado y atormentado por las verdades que había descubierto, y buscó otros amores más lejanos. Él volvió a ser lo que fue, ahora preso entre rascacielos. Silencioso espera su muerte, tan pasivo como siempre, mirando hacia arriba porque teme encontrarse con sus pies.
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